¡Muy buenas amig@s!
Viendo lo que os he ido
contando, la mayoría de las experiencias que os he contado tienen a mujeres
maduras como protagonistas, y aunque cada día me gusta más follar con maduritas
y con abuelitas, os podéis imaginar que también me gustan las mujeres jóvenes,
y aunque sea muy presuntuoso por mi parte decirlo, a mis 38 años, también tengo
bastante éxito con ellas.
Como os decía, también
follo con chicas más jóvenes que yo, y ha llegado el momento de hablaros sobre
una de mis últimas conquistas, una mujercita de veinte años llamada Bea.
Nos conocimos a la vieja
usanza, de fiesta en una discoteca a altas horas de la madrugada y con unas
cuantas copas de más, momento y condiciones que siempre ayudan a socializar. Yo
estaba con mi grupo de amigos, mientras que ella estaba en la despedida de
soltera de una compañera de trabajo, la cual iba disfrazada precisamente de lo
que pronto iba a ser, de novia, y sus amigas de negro y con una camiseta con la
típica frase de estos eventos, que ahora mismo no recuerdo.
Fue uno de mis amigos, el
más extrovertido de todos, el que empezó a hablar con la futura novia, y
después nos fuimos acercando los demás. Instintivamente, ya sabía que mis
amigos no tenían nada que hacer, pero yo me fijé en Bea, que estaba un poco
fuera de lugar, ya que con diferencia era la más joven del grupo, ni llamaba la
atención, ni se la notaba especialmente integrada en él, lo que unido a que me
pareció una chica atractiva, me llevó a acercarme a hablar con ella.
Me pareció una chica muy
tímida e insegura, se la notaba nerviosa desde el momento en el que me acerqué,
pero la notaba receptiva, ya que la hacía gracia todo lo que la contaba, se
interesaba por saber a qué me dedicaba, y siempre procuraba que la conversación
no faltara, aquello era buena señal, y me la llevé a la barra a tomar una copa
tranquilamente, alejándonos del grupo en el que nos encontrábamos, seguimos
charlando, y ya por fin me lancé, y… ¡bingo!, nos enrollamos.
Fue una lástima que no
pudiera quedarse mucho más, ya que sus amigas se marchaban a sus respectivas
casas, y ella tenía que irse también, así que nos intercambiamos los teléfonos
y nos prometimos quedar otro día.
En muchas ocasiones, esa
quedada nunca llega, pero parece que desde ese momento Bea quedó prendada de
mí, porque al día siguiente, cuando me levanté de la cama, ya tenía varios
whatsapp suyos, preguntándome a modo de broma si aún no me había despertado y
si tenía mucha resaca. No dudé en responderla y estuvimos charlando un buen
rato, lo que se repitió en los siguientes días, hasta que por fin el jueves,
volvimos a quedar para tomar un café, lo había pasado muy bien con ella el
sábado anterior y quería saber cómo funcionaría la cosa en una cita normal.
La esperé en la puerta
del bar en el que habíamos quedado, y cuando la vi llegar me reafirmé en la
idea que tenía de que no estaba nada mal. A sus 20 añitos, tenía un aspecto
verdaderamente virginal, llevaba un pañuelo en la cabeza sujetándose el pelo y
gafas negras de pasta, mi gran fetiche. Su aspecto virginal se acentuaba por
sus mofletitos y el resto de su ropa, camiseta negra ajustada, pantalones
negros aún más ajustados, y unas Converse negras para rematar el atuendo. Por
lo demás, pelo castaño claro, ojos grandes y castaños, piel clara, labios muy finos
y femeninos, y otro de los rasgos más característicos de Bea, y que no me había
pasado desapercibido el día que nos conocimos, su altura, que estaría alrededor
del 1,50.
La cita fue genial, desde
que nos saludamos, la enorme y franca sonrisa de Bea reinó, me pareció una
chica alegre e interesante, nos volvimos a enrollar, y ahora ya sí, tras dos
veces liándonos, la invité ese mismo sábado a cenar a mi casa.
Ella en un principio me
respondió que sí, pero ya al día siguiente intentó echarse atrás, diciéndome
que saliéramos fuera para que no tuviera que cocinar, me pareció un bonito
detalle por su parte, pero mi idea no era la de una simple cena con velas, un
violín y todo el despliegue de romanticismo, eso lo haría a mi manera, lo que
me apetecía era llevármela a la cama, había despertado un increíble morbo en
mí, y no quería dejarla escapar. En cualquier caso, también reflexioné sobre
ella y ese aspecto tímido y misterioso que la rodeaba, pretendía ante todo que
ella se sintiera a gusto y tranquila, por eso la insistí en varias ocasiones,
que aunque la invitara a mi casa, no tenía por qué pasar nada que ella no
quisiera que pasase, añadiendo de broma, que simplemente quería venderme ante
ella como un gran cocinero.
Pues bien, el sábado
llegó, preparé una cena resultona que no fuera complicada de cocinar, y
atendiendo a lo que pensé que la gustaría a Bea, me curré la cena, sacando una
buena vajilla y preparando algo de música tranquila.
Por fin sonó el timbre de
mi casa, era ella y estaba preciosa, a su look habitual, pañuelo en el pelo y
gafas negras de pasta, la acompañaban una camisa verde oscura ajustada, con los
botones superiores desabrochados y dejando entrever el inicio de un canalillo
muy apetitoso, y unos pantalones negros ceñidísimos, con zapatos de tacón que
realzaban su trasero.
Pasó a mi casa y nos
dirigimos a cenar. Como todas nuestras citas, fue extremadamente agradable,
reímos y bromeamos, aunque a Bea se la notaba muy nerviosa, su risa era amplia
como siempre, pero con ese punto que denotaba falta de seguridad.
Una vez terminamos de
cenar, la propuse seguir charlando en el salón para estar más cómodos y
volvieron sus nervios, convirtiéndose casi en cómicos, porque tras responder
con un “sí, claro”, al levantarse se golpeó con la pata de la mesa y se la cayó
la silla hacia atrás con un gran estruendo.
Yo empecé a reírme por lo
cómico de la situación, pero a ella se la notaba extraordinariamente violenta,
no dejaba de pedirme perdón y de decirme que lo sentía, la vi tan vulnerable que
no pude evitar acercarme a abrazarla para que se tranquilizara, y ya en mis
brazos:
-
Perdona, es que estoy muy nerviosa, no
estoy acostumbrada a esto…-confesó.
-
Tranquila, de verdad, no pasa nada- la
dije sonriente, sujetando suavemente su cara con mis manos y mirándola a los
ojos – relájate, ¿vale?
Hizo con decisión un
repetitivo gesto afirmativo con la cabeza, y ese fue el momento que aproveché
para sujetar nuevamente su rostro entre mis manos y besarla en los labios
dulcemente, provocando en ella una amplia sonrisa que interpreté como permiso
para que pasara lo que tuviera que pasar, y me lancé a ella, esta vez
introduciendo mi lengua en su boca.
Ella aceptó mi beso,
moviendo su lengua alrededor de la mía, y en una muestra de ternura, sentí sus
manos acariciando mi espalda. Por mi parte, no tardé en pasar las mías a su
culo y acerqué su cuerpo al mío, con la intención no solo de tenerla más cerca,
sino también de que notara el crecimiento de mi pene, a lo que ella reaccionó
también tocándome el culo de una forma infantil, posando sus manos en él, y
estrujándolo como si estuviera probando un melón.
Estábamos en un escenario
perfecto, la habitación donde habíamos cenado seguía a media luz y aún sonaba
música jazz a tono suave, los platos del postre aún estaban en la mesa, era el
lugar perfecto para mantener sexo, así que dejé de besar a Bea y empecé a
desabrocharla la camisa con su aprobación tácita, ya que solamente observaba lo
que hacía, y su única colaboración fue terminársela de sacar en silencio y quitarse
despacio la camiseta de tirantes negra que llevaba por debajo, dejando a mi
vista su pecho cubierto por un sujetador negro.
Ella misma volvió a
besarme de la misma forma que antes, y con afán de que siguiéramos en tablas en
cuanto a nuestra desnudez, coló sus manos por debajo de la camiseta y del
jersey, si bien, dada nuestra diferencia de estatura, yo mismo me lo quité y
descubrí mi torso, el cual se puso a acariciar ensimismada.
-
¡Estás más fuerte de lo que parece! –
Comentó riendo mientras apretaba mi bíceps.
Yo también reí divertido,
y la hice una pose graciosa a modo de forzudo, riendo ahora ella con esa forma
que tenía de reír con todas ganas y tapándose la boca.
Tras esta pequeña
interrupción, volví a abrazarla, esta vez por detrás, y sin mayores complicaciones,
la desabroché el sujetador, se lo quité, y empecé a gozar del tacto de sus
pechos, los cuales era suaves y firmes, aunque más pequeños de lo que parecían.
Sus pezones no tardaron en ponerse duros, casi tanto como estaba empezando a
estar mi polla, que restregaba contra ella todo lo que podía.
Tras estas caricias, mi
mano derecha suavemente fue descendiendo a lo largo de su cuerpo, haciendo una
pequeña parada por su incipiente barriguita mientras besaba dulcemente su
cabeza, hasta que llegué a la frontera de sus pantalones, donde con cierta
dificultad, conseguí desabrochar sus ceñidísimos pantalones, bajar la
cremallera, y por fin, introducirme bajo sus braguitas.
Una vez dentro de ellas,
acaricié su pelito y busqué su rajita entre él, encontrándola aún seca. Me
orienté bien, y desde mi posición encontré fácilmente su clítoris y se lo
empecé a acariciar suavemente, solamente era una primera toma de contacto, pero
me entretuve allí para averiguar si aquello la gustaba, no tardando en obtener
respuesta, ya que haciendo una pequeña excursión, pasé mis dedos por los
alrededores de su vagina, y comprobé que aquello estaba empezando a lubricar.
En cualquier caso, acariciando su pecho con mi mano izquierda, y acariciando su
clítoris con mi mano derecha, quise corroborar que estaba haciendo lo correcto,
y así se lo pregunté:
-
¿Te gusta que te toque así? -
-
Sí…- susurró.
Su respuesta me animó a
seguir un poco más con lo que estaba haciendo, pero pensé que si aquello la
estaba gustando, se me ocurría una cosa que la podría gustar más…, así que
suavemente, descendí besando su espalda, y cuando ya quedé de rodillas tras
ella, la bajé suavemente los pantalones hasta los tobillos, reanudé mis besos
por sus glúteos, y ahora ya sí, bajé sus braguitas negras a la misma altura de
los pantalones.
Bea permanecía inmóvil
delante de mí con los pantalones y las braguitas por los tobillos, así que di
continuidad a lo que estaba haciendo y seguí cubriéndola de besos el culo, que
era ancho pero firme, muy bien formado y sin ningún rastro de celulitis o piel
de naranja, un trasero que bordeaba la perfección, hasta que, ya saciado de
disfrutar de ese precioso culo, la pedí que se sentara en la silla.
Cómicamente, fue hacia la
silla limitada en sus movimientos por tener sus pantalones y ropa interior en
los tobillos, pero obedeció sin decir una palabra, se sentó, y por fin se
deshizo con gran dificultad de sus zapatos y de lo que le quedaba de la ropa,
tras lo cual, se me quedó mirando seria, expectante, era muy excitante verla
sentada en una silla con esa pose, totalmente desnuda, salvo por sus gafas de
pasta negra y el pañuelo de la cabeza.
Se encontraba sentada
tensamente, sin saber qué iba a pasar, pero una vez que me arrodillé delante de
ella, parece que por fin lo adivinó y abrió las piernas, si bien la tuve que
indicarla que se recostara un poco para poder acceder a su coño con mayor
facilidad.
Su coño era una auténtica
obra de arte, llevaba el vello muy cuidado y recién recortado, como denotaba de
la suavidad de su entrepierna, con los labios vaginales perfectamente cerrados,
solo asomando ligeramente los interiores, era imposible resistir comérselo, por
eso hundí mi cabeza y empecé a besar sus partes pudendas cariñosamente en sus
alrededores para dar un último beso justo en su rajita, tras lo cual la abrí
los labios y puse a trabajar mi lengua, primero dando un lametazo a lo largo de
su hendidura, comprobando el estado de su vagina aún seca, y después fijándome
en su clítoris, lamiéndolo despacio y sin prisa, pasando mi lengua en
movimientos circulares alrededor de él y jugando con él.
Bea era muy silenciosa,
pero no tardé en comprobar que aquello la estaba gustando, ya que dando un
descanso a mi lengua, la sustituí por mis dedos, que hicieron una pequeña
visita a su vagina comprobando que aquello estaba empezando a mojarse, y los
terminé empleando de nuevo en su clítoris, que ahora se veía y se notaba duro
al tacto.
Tras este pequeño
descanso, me empleé más a fondo, mi lengua empezó a lamerla su coño de arriba
abajo, ahora ya sí que el sabor ocre de su flujo vaginal inundaba su raja, y
volví a centrarme en su clítoris, más rápido que antes, añadiendo un dedo en su
vagina, que entró sin ningún problema y se puso a jugar en su interior.
-
¿Te gusta esto? – pregunté a Bea ante su
silencio, manteniendo mi dedo dentro de su vagina.
-
Sí…- respondió en voz baja, casi como con
miedo a reconocerlo.
Así que seguí comiéndola
el coño como estaba haciendo, movimientos circulares en su clítoris, mi dedo
moviéndose dentro de ella, y cuando sentí a Bea respirando más fuerte y el
sonido acuoso de mi dedo entrando y saliendo de ella, fue cuando decidí que era
el momento de entrar en materia.
Me puse en pie y empecé a
desabrocharme lentamente el pantalón mirando fijamente a Bea, que seguía mis
evoluciones con los ojos medio cerrados y la boca abierta, con mirada
expectante, mientras se mantenía inmóvil, recostada en la silla, con las
piernas aún abiertas mostrando su precioso coño sin complejo alguno, sus
juveniles tetas subían y bajaban con su respiración, me bajé los pantalones y
me los quité, quedando ante ella solamente con los calzoncillos puestos, con mi
pene erecto a punto de reventarlos, Bea seguía sin perder de vista lo que tenía
ante ella, y por fin terminé, lentamente desenfundé y me saqué la polla, me
saqué mi ropa interior, y quedé por completo desnudo ante Bea.
Ella permanecía
mirándome, como si quisiera grabar mi cuerpo en su mente a perpetuidad, a la
espera una vez más de lo que quisiera hacerla, así que fui yo una vez más el
que tomó la iniciativa, y tras coger un condón, y antes de colocármelo:
-
¿Me la chupas un poco? – la propuse.
-
Vale…- respondió tímidamente,
incorporándose en la silla y agarrándome la polla con una mano, se puso a
cascármela.
Me la empezó a menear a
unos centímetros de su cara, con aspecto científico, estirando la pielecilla
hacia atrás hasta sus límites, no dejaba de observar el glande, y siguió así,
como comprobando cómo funcionaba aquello, y por fin acabó dándome un beso en la
punta de la polla, lo que pareció animarla, porque después ya por fin se la
introdujo en la boca, sin dejar de meneármela, se notaba que no tenía mucha
práctica en el sexo oral, pero era excitante observar su virginal rostro, con
su pañuelo sujetándola el pelo, sus gafitas de pasta negra y mi polla en su
boca.
-
¿Lo estoy haciendo bien? Es que no sé…- de
pronto me preguntó Bea, con una carita verdaderamente enternecedora.
-
No lo habías hecho antes, ¿verdad? –
pregunté por comprobarlo.
-
No…solo había hecho pajas y follado…pero
nunca había chupado…- respondió Bea con cara de pena.
-
No te preocupes – la animé – agárramela
fuerte y pásame la lengua por la punta…así.
Bea, como buena alumna,
se puso a hacer sin reparos lo que la mandaba, pasando su lengua juguetona como
la sugerí.
-
Ahora aprieta los labios, y haz como si me
hicieras una paja, pero con la boca…-
Obedeció y lo hizo, sin
soltar mi rabo y con el puro movimiento de su cuello, me empezó a hacer una
mamada que ya podría calificarse de aceptable, mejorada por los momentos en los
que descansaba para lamerme el glande tal y como la había indicado
anteriormente, todo junto hizo que ya mi pene estuviera completamente erecto y
listo para explorar su interior, y fue cuando ya por fin me puse el condón.
Una vez más, Bea se
mantuvo a la espera, esta vez sentada en la silla, en la misma posición en la
que me la había chupado anteriormente, vigilante ante lo que se la venía
encima.
-
Échate un poquito hacia atrás- la indiqué.
Obedeció sumisamente, y
suavemente la abrí de piernas de par en par en la silla, me agarré el pene, lo
dirigí hacia la abertura de su coño, y se lo introduje poco a poco.
-
¡Ay, ay! , espera…- soltó con cara
dolorida.
La obedecí y me quedé con
la polla a medias dentro de ella, haciendo pequeños movimientos para ir
abriendo hueco en su vagina, apoyándome en el respaldo de la silla, y
acariciando el clítoris de Bea.
Poco a poco iba
penetrándola cada vez más, Bea seguía con cara de dolor, pero de momento seguí
aguantando mi polla dentro de ella. Aun así, preferí cambiar de táctica,
coloqué sus piernas semiflexionadas en mi pecho, y de esta forma me eché sobre
ella y se la volví a meter.
Sin penetrarla tan
profundamente como antes, su gesto cambió y comencé a moverme con algo más de
rapidez, notaba mi pene enjaulado en su vagina, pero afortunadamente, contaba
con una lubricación de sus partes cada vez mejor. No obstante, no era una
postura cómoda para mí, por lo que decidí volver a cambiarla de posición,
esperando que ahora ya sí pudiera metérsela más dentro.
La indiqué lo que quería,
y obedeció sin rechistar, se colocó a cuatro patas, con las rodillas apoyadas
en el asiento, y los codos en el respaldo, y una vez se colocó de esta forma
tan poco decorosa, entré en acción acariciándola el coño para comprobar el
terreno. Lo que sentí no me defraudó, porque su objeto de placer estaba muy
mojado y me detuve en él, primero centrándome en su clítoris, y después sin
muncho preámbulo, introduciéndola dos dedos en la vagina que la entraron sin
problema, gracias a que mi pene ya había dejado el camino abierto, la pregunta
era hasta donde, y no iba a tardar en salir de dudas.
Me coloqué tras ella en
cuclillas, ya que la diferencia de alturas hacía imposible hacer aquello de
otra forma, la abrí con delicadeza sus jamoncillos y con menos suavidad, se la
metí hasta que noté el tope de su vagina, y ella reaccionó con un pequeño grito
de alarma al verse penetrada de esa forma tan profunda.
Aun así, mi pene no
estaba al completo dentro de ella, pero estaba encajado en su vagina
perfectamente, y de esta forma empecé a follarla poco a poco, se la metía
lentamente desde el principio hasta el final, yo sentía todo el tacto de su
vagina rozando con mi pene, y estaba seguro de que ella lo notaba igualmente a
viceversa, así como que aquello la estaba gustando, ya que notaba que mis
acometidas eran cada vez más sencillas gracias a la lubricación de su coño, por
lo que empecé a subir el ritmo.
Estaba disfrutando mucho
de follar a Bea de esa manera, su pequeño cuerpo de mujercita se contraía cada
vez que llegaba al final de su vagina con mi pene, tenía agarrada una de sus
tetas como si fuera un salvavidas y casi sin darme cuenta, estaba gimiendo.
Bea permanecía pasiva
recibiendo mis profundas acometidas, ahora con la cabeza medio girada, creo que
intentando verse ella misma follada como lo estaba siendo, cerró los ojos,
abrió la boca y aceleró su respiración, que ahora también era fuerte.
La postura parecía que
nos estaba gustando a ambos, pero una vez más, no era cómoda para mí, así que
algo dolorido, me puse en pie y le conté lo que quería ahora.
Aparté los restos de la
cena y la ayudé a subir a la mesa, colocándola de nuevo a cuatro patas, como si
fuera el postre de aquella cena. Viéndola así, a cuatro patas y con el culo en
pompa, la abrí el culo y hundí mi cabeza en él para pegarla un largo y fuerte
lametazo a lo largo de toda la hendidura de su culo, pasé la lengua de arriba
abajo en un par de ocasiones, la di un beso justo en su ojete, que ella recibió
con una pequeña sacudida, y mi lengua terminó centrándose en su agujero
trasero.
Bea no decía nada, así
que me puso morado con su culo, la pasé la lengua por los alrededores, incluso
llegué a casi penetrarla con ella, estaba seguro de que aquello no se lo habían
hecho nunca, y a esa actividad anal, le añadí frotar otra vez su clítoris, y
penetrarla con dos de mis dedos para que su vagina no olvidara lo que la
esperaba, ya que ese no era el día de follarla el culo, así que me despedí de
su ano con un fuerte beso en el mismo, me agarré la polla, y con su coño
perfectamente a mi alcance, volví a penetrarla hasta que noté el fin de su
vagina.
Esta vez nuestras alturas
estaban más igualadas, la empujé un poquito el culo hacia abajo, de tal forma
que sus tobillos estaban justo al borde de la mesa, y ella de rodillas encima
de la misma, ahora podía estar un buen rato follándola así, estaba verdaderamente
cómodo, y volví a jadear, aquello me estaba gustando, y más cuando ella misma
también empezó a jadear a su forma, bajito, sin querer llamar la atención, y
decidió tomar la iniciativa, ya que ella misma empezó a penetrarse moviendo su
cintura.
Viendo que mis manos ya
no hacían falta en sus caderas, la di un pequeño azote y mis manos pasaron a
agarrar sus tetas, que se acoplaban a los huecos de mis manos, y me
sorprendieron por lo duros que estaban sus pezones.
-
Joder, qué bien follas Bea…sigue así…-
tuve que reconocerla.
Ella no contestó
verbalmente, solo se movió más rápido y jadeó al mismo ritmo y más fuerte.
-
Joder, como me gusta, sigue así, qué
bien…- seguí animándola entre mis jadeos y los suyos.
Se estaba moviendo
rapidísimamente, y con el rato que llevaba acariciándola y follándola, me
estaba empezando a tomar como una cuestión personal que aún no se hubiera
corrido.
-
Qué buenas estás Bea, sigue así que me
está encantando, sigue así, sigue así…- continué.
Y por fin llegó el
momento deseado. Tras sus rápidos movimientos, se quedó prácticamente parada,
con la boca abierta y los ojos cerrados, y supe que debía ayudarla, así que
sustituí su anterior iniciativa, y fue yo el que con mis movimientos de cadera
se puso a follarla a una velocidad vertiginosa, y en unos breves instantes, soltó
un pequeño y cortado gemido, acompañado de unos movimientos incontrolados sin
que yo dejara de penetrarla, nuevo gemido corto y agudo de Bea, y la dejé la
polla dentro, observando esos movimientos involuntarios y su pequeño y prieto
culito.
La saqué la polla notando
como se deslizaba por su vagina y observando como a través de un fino hilo de
flujo vaginal se mantenían unidos mi pene y su coño, no pude evitar
acariciárselo al ver cómo su pequeña cueva de placer aparecía ahora tan abierta
tras haber soportado mis embestidas, lo noté extraordinariamente mojado, casi
chorreante tras acariciar brevemente su clítoris, y aprovechando tan inusual
lubricación la introduje dos dedos en el conducto que anteriormente había sido
horadado por mi pene.
Ella seguía dejándose
hacer, tenía la sensación de que Bea haría todo lo que la pidiera, pero sobre
todo quería que ella disfrutara, así con un pequeño azote, la indiqué que se
diera la vuelta, y se tumbara boca arriba en la mesa. La penetré sin ninguna
dificultad hasta el tope de su vagina y ella lo recibió encogiéndose y abriendo
los ojos como platos al sentir lo que se la había colado en su interior.
La coloqué sus suaves y
pequeñas piernas semiflexionadas en mi torso y, sujetándola de las caderas con
ambas manos, la dejé casi al borde de la mesa y me puse a follarla poco a poco,
asentándome en mi posición y marcando la dirección de mi pene dentro de Bea,
quien una vez que se acostumbró al grosor de mi pene en su vagina, me miraba
con los ojos entrecerrados tras sus gafas de pasta negra, aguantando
estoicamente mis envestidas.
Una vez que ambos nos
sentimos cómodos follando de esta manera, aceleré poco a poco, Bea tenía como
puntos de apoyo su espalda sobre la mesa, mis brazos sujetando su maravilloso
culo, y mi pene encajándose a la perfección en su coño, y dándose cuenta de que
sus manos estaban libres, empezó a acariciarse los pechos, juntándolos y
acariciándose suavemente los pezones sin quitarme los ojos de encima.
-
Me encanta que hagas eso…tienes unas tetas
para comérselas…- la espeté mientras con un golpe de cadera volvía a sentir los
límites de su vagina.
Ella no respondió,
simplemente abrió la boca como si fuera a decir algo, pero se quedó sin
palabras, simplemente se quedó con la boca abierta y los ojos cerrados en una
extraña mueca entre placer y dolor, decidí acelerar un poco más, las patas de
la mesa empezaban a moverse peligrosamente, pero en ese momento, esa no era mi
preocupación.
-
¿Te gusta que te folle así? – pregunté sin
dejar de penetrarla.
La respuesta se hizo
esperar, Bea estaba en tensión, como debatiéndose entre dos decisiones de gran
importancia y de repente, cuando no esperaba contestación alguna:
-
Sí…muchísimo…- escuché de forma
entrecortada y apenas audible, debido a su fuerte respiración.
Su dulce rostro ahora
aparecía estropeado, sacaba su mandíbula hacia fuera en una extraña mueca y su
respiración fuerte se había convertido en un repetido sonido de –U-
interrumpido por cada una de mis envestidas, yo estaba cansado de sujetar su
trasero y decidí tumbarla por completo en la mesa y pasar a follarla sin
ninguna contemplación.
Bea no tardó en
reaccionar al verse penetrada de una forma tan salvaje y lanzó un pequeño grito
que pareció de dolor, pero ante mi primera duda, ella corroboró que no era eso
sino todo lo contrario, agarró mi culo con ambas manos, y de nuevo con la boca
abierta de par en par y con los ojos cerrados, se quedó callada y solo rompió
su silencio para lanzar otro grito, tras lo cual enlazó sus piernas en torno a
mí, sujetando con fuerza mi rostro frente al suyo, y mirándome fijamente con la
boca formando una perfecta ojo, su rostro, que parecía de sorpresa, se puso a
temblar sin que dejara de penetrarla como lo venía haciendo, tras lo cual soltó
todo el aire que llevaba dentro de los pulmones, tratando de recuperar su
anterior estado.
Sí amig@s, había
conseguido que Bea se corriera por segunda vez.
Pero había sido a un
precio muy caro, yo también estaba a punto de correrme, y tras sacar al
exterior mi pene, retiré el condón y la ordené que me la meneara.
Obedeció ciegamente, la
agarró, y con fuerza y decisión, se puso a pelármela a la velocidad del rayo.
-
Joder qué bien lo haces, sigue así que vas
a hacer que me corra, sigue así…- la animé.
Sus meneos en mi pene no
podían ser más rápidos, la cara de Bea era de concentración y tensión, por mi
parte, eché la cabeza hacia atrás, disfrutando de la paja que me estaba
haciendo, sintiendo como estaba a punto de correrme.
-
Sigue así, sigue así, estoy a punto de
correrme, así me gustaaaa-
Y así terminé
corriéndome, sentía la leche saliendo a borbotones sin que Bea dejara de
pelármela con la misma fuerza y decisión que anteriormente, hasta que por fin
me vacié por completo y por fin soltó mi falo.
Mi lefa aparecía
esparcida y brillante por toda la tripita de Bea y con un enorme manchurrón
sobre su vello púbico, era una buena faena.
-
Qué bien follas Bea…- la dije sonriendo,
observándola desnuda sobre la mesa, con mi semen aún fresco sobre su cuerpo.
-
Gracias…- susurró jadeante- ¿Te ha gustado
lo que te he hecho? – preguntó interesada.
-
Claro…- respondí, pensando a qué se
refería, porque prácticamente era yo el que lo había hecho todo - ¿Y a ti?
-
Muchísimo…nunca había follado así…con mi
ex nunca me corría…- contestó sonriendo alegre y aún jadeando – aunque no me
esperaba que no me pudiera caber…- añadió casi a modo de escusa.
-
No pasa nada – la tranquilicé.
Ella sonrió dulcemente,
se recostó, me dio un beso en la boca.
-
Voy al baño a limpiarme…-
Fui tras ella y ambos nos
limpiamos nuestros fluidos, observando cómo utilizaba el papel para retirar mi
lefa de su cuerpo, tras lo cual nos pegamos una buena ducha juntos.
Esta es la historia de mi
primera vez con Bea, una preciosa e inexperta mujer de veinte años a la que
serví de maestro sexual. A pesar de que seguimos viéndonos durante algo más de
un mes, ella buscaba en mi un tipo de relación de pareja que yo no podía
ofrecerla, así que decidimos mantener una buena amistad, que espero que se
mantenga.