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domingo, 28 de junio de 2026

La madre de mi amiga


Acababa de cumplir treinta años cuando compré mi casa en mi barrio de toda la vida, y poco después de mi adquisición, en uno de los viajes a mi ciudad, me encontré con Ana, una amiga de toda la vida, que paseaba junto a Marisa, su madre.

Ninguno de los tres podía imaginar lo que acabaría pasando.

Ambas se alegraron mucho de que, aunque la vuelta a mis raíces no fuera a ser inminente, hubiera tomado la decisión de comprar una casa en el barrio, y como no podía ser de otra forma, una vez que nos pusimos al día, las invité a conocer el que en el futuro podría ser mi hogar.

Ana lo hizo al día siguiente junto con otros amigos, pero Marisa, su madre, lo hizo un tiempo después.

Estaba haciendo una pequeña reforma, y cuando volvía para continuar con mi tarea, nos encontramos justo en mi calle, una ocasión inmejorable para una visita de cortesía.

La conduje una a una por todas las habitaciones, la cocina, la habitación que estaba retocando, el salón, la dejé que curiosease todos los rincones de mi casa, y una vez terminado el recorrido, llegó el momento de los cumplidos y el de la despedida.

Aún hoy no me puedo explicar qué me pasó.

Tal vez era el promiscuo mundo en el que estaba metido, tal vez su cercanía, tal vez mi subconsciente me jugó una mala pasada, pero el hecho es que cuando nos despedíamos en la puerta, coloqué mi mano en su cintura y en lugar de cumplir con el ritual de los dos besos, la planté un beso en los labios, inmediatamente mi lengua se introdujo en su lengua aprovechando el factor sorpresa.

Y ocurrió lo más lógico.

Un terrible y doloroso tortazo aterrizó en mi mejilla.

Y lo que le siguió, no fue mejor.

-        ¿Pero…qué haces? ¿Qué te has pensado? – me escupió con rabia, arrugando el ceño amplificando así su ira.

-            Perdón Marisa…no quería… - intenté explicarla algo que ni yo mismo me podía explicar, pero me vi interrumpido.

-          ¿Pero tú que te has pensado que soy? –

Y un nuevo tortazo sonó en mi cara.

-        ¡Nunca! ¿Me oyes? ¡Nunca vuelvas a tocarme! – me gritó quedándose con ganas de darme un nuevo tortazo.

Con el oído zumbándome tras recibir los dos tremendos tortazos, intenté pedirla que se calmara, intenté disculparme, pero fue imposible, porque tras este último tortazo y una última mirada cargada del odio más puro, se fue casi corriendo, dejándome con la cara dolorida y preocupado por las consecuencias de mi impulsivo comportamiento.

Mi lema siempre ha sido “mejor arrepentirse por hacerlo que por no hacerlo”, pero me resultó inevitable pensar en lo desagradable que podría ser que Marisa le contara lo que había pasado a Ana o a su marido, y, sobre todo, la situación incómoda en la que la había colocado.

Mi intención no era ofenderla, pero era de caballeros pedirla perdón.

Pasaron varios meses, y de nuevo la casualidad me llevó a encontrarme a Ana acompañada de su madre.

Fue tenso. Muy tenso.

Desde nuestro incidente no nos habíamos vuelto a ver, y si había algo claro, era que Marisa no había olvidado lo que pasó entre nosotros.

Y no lo disimulaba.

Mientras Ana y yo charlábamos, ella se mantenía al margen, en silencio, sin intervenir en ningún momento, dirigiéndome miradas de rencor como si deseara que yo también recordara lo que había hecho.

Sin embargo, cuando ya casi me despedía de mi amiga, todo cambió.

-        Oye, y muy chula tu casa, a ver si un finde que estés aquí cenamos allí o algo… ¿Tú todavía no la has visto, mamá?

Al escuchar a Ana referirse a la visita de su madre, me quedé de piedra, y no fui el único. Marisa tampoco se esperaba esa pregunta.

-        Sí…bueno, no, no la he visto aún- contestó dubitativa a su hija.

-        Pero bueno, ¿En qué quedamos? ¿La has visto o no? – la acosó riéndose divertida Ana, desconocedora por completo de lo ocurrido entre su madre y yo.

-        No, no, no la he visto – se reafirmó nerviosa Marisa sin ninguna credibilidad.

-        Pues mira, podemos hacer una cosa, voy yo a llevarle la compra a la abuela, ves la casa de R y ya te veo luego en casa por la tarde.

-        No…otro día…hoy no… - se intentaba defender Marisa sin poder dar ninguna excusa lógica.

-        Pero ¿Qué dices? Si R está aquí de ciento en viento, como no la veas ahora, no sé cuándo la vas a ver… ¡Anda y vete con él! – insistió tajante Ana.

-        Si quieres, puedes subir, no tengo nada qué hacer… - intervine en la conversación madre e hija intentando dar una salida digna a Marisa, y buscando de alguna forma estar a solas con ella para pedirla perdón y tratar de acabar con la incómoda situación en la que nos habíamos colocado.

-        Venga anda, que luego te veo, adiós – zanjó el asunto Ana, dejándonos solos a su madre y a mí.

Y fue incómodo. Muy incómodo.

Estábamos plantados en la calle, Marisa me miraba seria y con cara de desconcierto, creo que no acababa de entender qué era lo que acababa de pasar, y yo no sabía qué decirla.

-        ¿Vamos? – fue lo único que se me ocurrió.

Marisa no me respondió, se limitó a seguirme cuando eché a andar, y se mantuvo sin abrir la boca ni siquiera cuando entramos en mi casa.

La tensión entre nosotros flotaba en el aire y no llegaba a entender cómo demonios habíamos acabo otra vez a solas en mi casa, Marisa podía ocultar a su hija que no era la primera vez que estaba allí, pero ambos sabíamos que no era así y no tenía ningún sentido que volviera a enseñársela, así que me armé de valor e hice lo que tenía que hacer.

-        Marisa…mira, siento mucho lo que pasó – empecé a decir con voz suave.

Estábamos en medio de la cocina, frente a frente, la tensión se podía tocar, Marisa se mantenía en un firme y distante silencio, pero en cuanto abrí la boca, noté que algo se encendió en su interior.

Y no me equivocaba. Era ira.

-        Lo que pasó…- casi me escupió – y lo dices como si no hubiera pasado nada… ¿Sabías que llevo 35 años casada? No, qué vas a saber…ni lo pensaste. No tenías ningún derecho a hacer lo que hiciste…el matrimonio es sagrado, y si llevo casada con mi marido 35 años, es por algo.

-        Perdón, de verdad que lo siento, no pensé que lo fueras a dar tanta importancia, lo siento de corazón – traté de aplacar su furia con mi palabrería y poniendo mi mejor cara de cordero degollado.

-        ¿Que no lo fuera a dar importancia? Pero ¿tú te oyes? ¿No acabas de escuchar lo que te acabo de decir? Llevo trein-ta-y-cin-co-a-ños ca-sa-da – recalcó deletreando la duración de su matrimonio – treinta y cinco años de respeto y lealtad…y tú, como piensas que no es importante, vas y lo tiras todo a la basura besándome.

Tras unos segundos de silencio valorativo, Marisa volvió a la carga.

-        Además, eres uno de los mejores amigos de Ana… ¿En qué estabas pensando? ¿Es que no tienes un mínimo de respeto a mi hija? ¿Y a mí? ¿No te das cuenta de que tengo 25 años más que tú? – terminó su frase mirándome de nuevo de frente, desafiante.

-        Lo siento, de verdad, siento mucho que te tomaras tan mal que te besara…- me decidí a sacar a relucir el motivo del enfado – supongo que me merecí los dos tortazos…

-        ¡Claro que te los mereciste! Y con ganas me quedé de darte alguno más ¿Tú sabes lo que he pasado estos meses? – empecé a notar a Marisa cada vez más nerviosa, cada vez más fuera de sí, como si pretendiera crear un clímax para una gran revelación – Cada vez que miro a mi marido, me siento incómoda, cada vez que Ana te menciona, algo se me remueve…me has puesto en una situación imposible de soportar…porque no dejo de pensar en que me besaste.

Y ahí estaba. Ese era su secreto, el motivo real de su tremendo enfado. Me estaba empezando a dar la sensación de que la verdadera razón de su odio no era el hecho de sí de haberla besado, sino que mi beso había roto sus esquemas tradicionales, y deseaba comprobar hasta qué punto los cimientos de su vida se estaban derrumbando.

Di un paso hacia ella, invadiendo su espacio vital, y acariciando suavemente su brazo en gesto comprensivo, la miré a los ojos, puse mi cara más tierna y decidí jugar en serio.

-        Ya te lo he dicho varias veces Marisa…siento de corazón si te ofendí, no deseaba hacerte daño…pero no puedo arrepentirme de haberte besado porque lo deseaba de verdad…

-        Aunque te arrepintieras, no borra lo que pasó… ¿Cómo voy a olvidar que me besaste? Como comprenderás, no se lo he contado a nadie…y es la primera vez que guardo un secreto a mi marido... – parecía intentar desviar la atención a los indicios de su culpabilidad.

Di un paso hacia adelante, me decidí a jugarme el todo por el todo, ahora nuestros rostros estaban a tan solo unos centímetros, y mi otra mano acariciaba con cariño su mejilla.

-        Ya te he pedido varias veces perdón…y lo he hecho de corazón…y te he pedido perdón porque no deseaba colocarte en una situación incómoda…pero no te voy a mentir…si quieres, puedes irte en este momento, no te obligo a que te quedes…ni te guardo rencor por tus tortazos, ni te lo guardaré si te marchas…pero si te quedas, voy a volver a besarte…

Marisa no se había movido un ápice, se la notaba indecisa y nerviosa, se estaba viniendo completamente abajo y el odio visceral que me había mostrado tan solo unos minutos antes había disminuido considerablemente.

-        No…no… -dijo sin ningún convencimiento, ahora alejándose de mí centímetro a centímetro, intentando huir, hasta que se la acabó el espacio y acabó atrapada entre la encimera y yo, que había reducido el espacio hasta situarnos los dos sobre una baldosa.

La madre de mi amiga no terminaba de tomar la decisión de abandonar mi casa.

-        Estás loco, no sabes lo que haces…esto está mal…muy mal… - decía nerviosamente mirándome asustada, como si estuviera haciendo un último intento por autoconvencerse de que no debía seguir allí – mi matrimonio no es un juego, mi hija no es un juego… - terminó de exteriorizar su lucha interna mirándome a los ojos, como si esperara que yo la diera la respuesta que deseaba.

Y tal vez lo hice.

Me acerqué aún más a ella, susurrando su nombre, intentando tranquilizarla, la tomé por la cintura y lentamente fui acercando mis labios a los suyos.

-        No…no lo hagas… - me rogó con voz suplicante cuando nuestras respiraciones ya casi eran una.

Y esa fue su última defensa antes de que mis labios se posaran en los suyos.

Esta vez no los retiró, se mantuvieron firmes ante la presión de los míos durante unos segundos, su cuerpo quedó rígido al sentir la calidez de mi cercanía, y en cuanto sus labios se relajaron, mi lengua penetró en su boca aprovechado el escaso hueco que me dejó.

Cuando por fin se rindió y me dejó libre el pasó, mi lengua se movió sin restricciones, y a continuación sentí como su cuerpo temblaba ligeramente, e inmediatamente sus manos buscaron el borde de la encimera, como si buscara algún punto de apoyo fiable.

Buscaba su lengua dentro de su boca, pretendiendo jugar con ella, pero al parecer, Marisa no estaba acostumbrada a ese juego, como era fácil de deducir por la torpeza de los movimientos de su lengua, supuse que debido a la falta de práctica, y aprovechando esos momentos de inicial confusión, mi mano se dirigió a su trasero, acariciándolo con delicadeza, utilizando la otra para acariciar con dulzura su corta y espléndidamente arreglada melena, casi con miedo de causar algún desperfecto en ella, una labor que parecía imposible debido al abuso de la laca en su cabello.

De pronto, Marisa colocó sus manos en mi pecho y por un momento pensé que me iba a apartar violentamente, que saldría corriendo de mi casa, que ahí iba a acabar esta breve historia y me iba a quedar con el calentón, pero no fue así, lejos de empujarme, las posó con una mezcla de vergüenza y timidez, deslizándolas después sobre la tela de mi camiseta, como si en realidad deseara arrancármela para llegar a mis pectorales.

Mi lengua se movía abiertamente en su boca, y la suya, tan torpe, nerviosa e insegura en un principio, cada vez se notaba más ansiosa y más deseosa, lo que hizo que el beso se volviera más intenso, húmedo y apasionado, lo que también se transmitía a sus manos, que subían y bajaban por la parte delantera de mi cuerpo sin atreverse a nada más, así que me decidí a echarla una mano, me aparté unos centímetros, y me quité yo mismo la camiseta.

Marisa, con el pintalabios ya en parte corrido, miraba mi cuerpo desnudo con total atención, parecía incluso estar a punto de aplaudir.

-        Eres un diablo…esto no debería de estar pasando… - susurró contrariando sus propios actos, ya que sus manos en ese momento acariciaban mi torso y mi abdomen.

Esa actitud bipolar de Marisa me estaba poniendo muy cachondo, por eso me lancé de nuevo a besarla, apagando unas palabras que murieron antes de salir de su boca, y esta vez lo hice con más pasión y urgencia, este ya no era un beso de tentativa, introduje mi lengua hasta el fondo y la enredé en la suya de forma dominante, que me recibió sorprendida, como si no concibiera que un beso pudiera ser tan apasionado, dirigiendo simultáneamente ambas manos a su culo para agarrarlo con fuerza y clavar mis dedos en su maduro trasero a través de su entallado vestido blanco, pegando su cuerpo al mío con decisión con la sana intención de que sintiera claramente lo dura que tenía la polla

-        No…espera…esto tiene que parar aquí…esto es una locura… - susurró Marisa débilmente apartando sus labios de los míos, de nuevo contradiciendo sus palabras con sus actos, ya que en ese momento sus manos acariciaban nerviosas todos los recovecos de mi cuerpo.

No la hice el menor caso y volví a introducir mi lengua en su boca, acallando de esta forma sus protestas, y una vez que la lengua de Marisa volvió a funcionar, busqué en su espalda la cremallera de su vestido y se la empecé a bajar lentamente, adornando el sonido metálico de la cremallera el ruido líquido de nuestras lenguas jugueteando.

-        No…por favor…no me hagas esto…no sigas…soy una mujer casada…- pero sin hacer caso a las nuevas y fingidas súplicas de Marisa, desabroché por completo su vestido.

-        No…no…esto no puede ser… - continuó protestando Marisa mirando obsesionada mi torso desnudo.

Pero lejos de apartarse de mí, seguía acariciando mi cuerpo, así que con ambas manos me dispuse a deslizar ambos tirantes del vestido, bajándolo lentamente con la sumisa colaboración de Marisa, hasta dejarlo recogido en su abdomen, dejando al descubierto un sujetador blanco de tirantes anchos y copas grandes, sin ningún encaje, ni ninguna transparencia, era el típico sujetador funcional que usa una mujer de su edad que solo busca la comodidad.

Marisa respiraba agitadamente, nerviosa, mirándome con cara de no terminar de creerse que se encontrara luciendo su sujetador en la cocina de la casa de uno de los mejores amigos de su hija.

-        Dios mío… ¿Qué estamos haciendo?... – me susurró de nuevo, casi rogándome que fuera yo el que pusiera fin a lo que se estaba desencadenando.

Evidentemente, no lo hice.

Sellé sus labios con los míos, introduciendo nuevamente mi lengua hasta el fondo, saboreando la saliva de su boca, excitándome con la torpeza de mi acompañante al ver invadida de una forma tan salvaje su cavidad bucal, y mis manos, como guiadas por una fuerza irresistible, acariciaron con firmeza el trasero de Marisa, recogiendo su vestido en la cintura para acariciar con mayor facilidad sus sorprendentemente suaves piernas y su carnoso culo, ascendiendo a lo largo de su abdomen aún cubierto por su vestido, hasta pararse en su pecho, enfundado aún en la tela blanca de su sujetador, cuyo broche metálico no tardé en desabrochar con habilidad.

Aparté mi boca de la suya y toda mi atención se centró en su delantera, y con la misma expectación que al abrir los regalos de navidad, bajé los tirantes del sujetador despacio, sin prisa, hasta que lo retiré por completo y lo arrojé al suelo de la cocina, apareciendo ante mí unos preciosos pechos maduros no excesivamente abundantes, con alguna arruga cutánea y algo caídos, en los que destacaban unos grandes y anchos pezones amarronados.

-        No…no… - susurró Marisa sobresaltada, tratando de cubrir sus pechos con las manos.

La cara de la madre de mi amiga brillaba de sudor debido al calor y la tensión de la situación, y su rostro se había puesto completamente rojo por la vergüenza y la evidente excitación.

-        No…no me mires las…no me mires así…para esto, por favor… - rogó con los labios húmedos por la saliva que habíamos compartido hacía unos instantes.

Obvié nuevamente su súplica, silenciándola introduciendo mi lengua de forma breve en su boca, tras lo cual me arrodillé ante ella y empecé a acariciar y a besar sus piernas con dulzura, tomándome mi tiempo, empezando por sus rodillas, atravesando la cara interna de sus muslos, sintiendo su piel suave y caliente, y notando cómo temblaba nerviosamente.

-        Para…te lo pido por favor…mi hija no tardará en llegar a casa… - escuché a Marisa protestar al sentir mis manos agarrando con firmeza su culo y mis labios besando sus partes más íntimas por encima de sus bragas.

-        No…no sigas haciendo eso… - volvió Marisa a la carga.

Cansado de sus protestas vacías, envolví sus blancas bragas de algodón con mis manos y se las bajé hasta los tobillos.

-        ¡No! ¡No me las quites! – protestó esta vez con mayor firmeza, intentando por un momento volvérselas a subir. ¡No podemos hacer esto! – Añadió con la voz temblorosa.

Sin embargo, interrumpí su intención volviéndome a poner en pie, y sujetando suavemente su rostro, la di un tranquilizador beso en los labios al que siguió otro mucho más apasionado, en el que introduje salvajemente mi lengua en su boca, agarrando simultáneamente el carnoso culo de Marisa, adosándolo a mi entrepierna de tal forma que la resultara imposible no darse cuenta de que mi polla estaba dura como una piedra.

Mi acción tuvo el resultado deseado, y tras la inicial sorpresa de Marisa, sus manos no tardaron en recorrer de nuevo mi torso, mis brazos y mi espalda, y cuando finalmente sus manos se fijaron en mi trasero y empezaron a palparlo con fuerza, la arrinconé contra la encimera, haciendo que con mi ayuda, se sentara en el borde de mármol.

Ahora estaba donde quería.

La cara de Marisa seguía roja y brillando de sudor, estaba sentada sobre la encimera con el vestido blanco recogido entre su abdomen y la parte alta de su cadera, y durante los breves instantes en los que nuestras miradas se cruzaron, leí su absoluta desorientación, pero yo tenía muy claro mi destino: su entrepierna.

Me agaché, la saqué las bragas, las lancé a algún lugar indeterminado de la cocina y, tras comprobar que Marisa no pensaba tener ninguna relación sexual en el corto plazo, a la vista del abundantísimo y oscuro vello púbico que adornaba su coño, logré encontrar su clítoris entre la maleza.

-        No…para…yo no soy de esas mujeres…no me toques ahí… - casi suplicó mi madura acompañante al sentir mis primeras caricias, tratando de cerrar inútilmente las piernas.

No dudaba que Marisa “no fuera de esas mujeres”, pero lo cierto era que, a pesar de que aún no había empezado con lo que deseaba hacer, de su vagina emanaba un calor intenso y su coño brillaba gracias a una lubricación que parecía funcionar a la perfección, así que, aprovechando este factor, y las aparentemente grandes dimensiones de su vagina, la introduje dos dedos, que se pusieron a juguetear inmediatamente, e hice que mi lengua comenzara a girar alrededor de su clítoris.

-        No…eso no…eso no lo hagas…no…eso sí que no…Dios mío, eso no… - volvió a protestar, apoyando simultáneamente su mano en mi cabeza sin la menor intención de evitar que la comiera el coño.

Saltaba a la vista que Marisa estaba muy excitada, así que me dispuse a hacerla el mejor “cunnilingus” del que fuera capaz, haciendo que mi lengua se rindiera al máximo en su clítoris, moviéndola de arriba abajo, en sentido circular, a un lado y a otro, succionándolo fácilmente gracias a las dimensiones que había llegado a adquirir, y a la vez, agitando dos dedos en el interior de su vagina, quedándome prendado en cada uno de estos movimientos del tamaño y disposición de sus labios menores, claramente por encima de los mayores.

Desde luego, que dos hijos hubieran salido por ahí, había pasado factura a Marisa, pensé.

De pronto, sentí una especie de pálpito en el interior de la vagina de la madre de mi amiga acompañado de un pequeño estremecimiento.

-        Para…te lo ruego…no quiero…no quiero…

“¿No quería qué?” Me pregunté, redoblando mis esfuerzos en su coño.

Y no tardé en comprobar “qué no quería”.

Inesperadamente, noté nuevas convulsiones a través de su vagina, su piel se erizó, y noté el aumento de la presión de su mano en mi pelo además de la de su otra mano en el borde del mármol de la encimera, y tras unos suaves y casi imperceptibles movimientos de cadera, entendí que Marisa, aunque había tratado de ocultarlo con gran esfuerzo, acababa de tener un orgasmo.

Recuperé la verticalidad con el ocre sabor de su flujo vaginal en la boca, y mientras desabrochaba los botones del pantalón y me descalzaba, observé excitado a mi madura acompañante, sudando a mares y con la mirada vidriosa, suplicante, subida en la encimera con una pierna colgando y la otra sobre el mármol tras el “cunnilingus” que la había regalado, en una clara imagen de rendición absoluta, acrecentada por el vestido blanco recogido en su abdomen, que por un lado hacía que sus tetas colgaran, agitándose con el ritmo de su respiración, y que por otro lado, la hacía exhibir libremente su muy velludo coño.

Me quité los pantalones y los calzoncillos a toda velocidad, deseando penetrar en el coño de Marisa, quien miraba mi polla ausente aunque interesada, supuse que por tener ante ella un miembro totalmente depilado, y en cuanto me vi desnudo, me acerqué a ella con el pene duro como una roca, y con su total colaboración, la coloqué al borde de la encimera con las piernas abiertas.

Marisa se sujetó a mis brazos casi sin fuerza, como si la diera miedo ser consciente de lo que estaba pasando, y yo dirigí mi polla hacia el marcado agujero de mi amante, de tal forma que, una vez enganchados, sujeté con fuerza sus anchas y suaves caderas, y la penetré lentamente con un simple e imparable movimiento de cadera.

-        Dios mío… - fueron las palabras que salieron de su boca al sentir su vagina rellenada por mi verga, mientras echaba la cabeza hacia atrás y cambiaba su punto de apoyo de mis brazos al frío mármol de la encimera.

Una vez dentro de ella, fui moviéndome lentamente, poco a poco, haciendo que nuestros cuerpos se adaptaran el uno al otro, y una vez que comprobé que la vía estaba abierta, agarré una de sus piernas, colocándola alrededor de mi cintura, y me abalancé sobre ella para mordisquear su delgado cuello y su oreja adornada por un pendiente de perla.

-        Espera, espera… - protestó Marisa – no vayas tan rápido… -

“¡Vaya!” Pensé, “al final va a resultar que la va a gustar follar…y me va a salir mandona…”

Y eso hice, ralenticé un poco mi ritmo siguiendo sus instrucciones, buscando que disfrutara con lo que estábamos haciendo, sin dejar de trabajar su cuello y su oreja, hasta que nuestras miradas se volvieron a encontrar y de nuevo mi lengua se puso a explorar su boca, acelerando simultáneamente mi ritmo.

-        Más despacio, más despacio… - jadeó Marisa.

Decidí buscar que mi madura amante se sintiera más cómoda, y bajando mis manos desde su estilizado cuello, deteniéndome en sus enormes pezones, y prosiguiendo el camino hasta su trasero, enlacé ambas piernas en mi cintura y de nuevo empecé a horadar su vagina lentamente.

Marisa esta vez se echó hacia atrás y clavó sus codos en la encimera, confiando en que el punto de apoyo de su culo sobre el mármol y mis fuertes brazos sujetando sus piernas sería suficiente, y ya más relajada, me observaba con mirada curiosa, como preguntándose a sí misma cómo había acabado follando sobre la encimera de una cocina con un hombre 25 años más joven que ella…y que no era su marido.

Por mi parte, me sentía hipnotizado por el suave bamboleo de los pechos de Marisa con cada una de mis embestidas, y por el sonido de mi pene rozando con su vagina perfectamente lubricada, miré hacia abajo y la visión de mi polla moviéndose entre la madeja de pelo de su entrepierna, haciendo que sus prominentes labios menores se movieran hacia su posición original empujados por mi polla, me excitó sobre manera, y sin darme cuenta, había vuelto a acelerar mis penetraciones.

-        No tan rápido, no tan rápido… - volvió a jadear Marisa.

Sin embargo, esta vez no la hice caso, sino que hice todo lo contrario, entre otras cosas porque sus piernas, fuertemente enlazadas a mi cintura por ella misma, como si no deseara dejarme escapar, indicaban lo contrario que sus palabras, y así me mantuve un buen rato, hasta que al sentir aflojar la presión sus piernas, me decidí a cambiar de postura.

Acompañado de un extraño suspiro de mi compañera, saqué mi polla de su interior dejando un largo hilo viscoso que nos interconectaba, dejando atrás su coño abierto de par en par en un profundo y bien dibujado agujero, y brillante debido a los fluidos que emanaban de su vagina, y dando por terminada esta fase, la sujeté por la cintura, la tendí la mano de forma caballerosa, y la ayudé a bajar de la encimera.

Marisa puso los pies en el suelo con indecisión, preguntándose qué vendría ahora, y no tardó en averiguarlo, ya que suavemente la giré, y con una ligera expresión de sorpresa o indignación por su parte al colocarla de espaldas a mí, la situé con sus manos apoyadas en el borde de la encimera hasta que dejó su maduro y redondo culo perfectamente expuesto para mí, y una vez así, llevé mi polla al agujero tan bien dibujado que era su vagina.

-        Espera, espera, así no… -

No esperé a que terminará su nueva protesta, la penetré salvajemente desde atrás, de un solo movimiento de cadera, y aprovechando la abundante lubricación, mi gorda verga quedó encajada completamente en la vagina de Marisa, que, al verse tan llena de polla, lanzó un grito ahogado, se puso rígida e intentó escaparse, pero fui rápido evitándolo.

-        ¡Así no! Tan dentro no…

-        Tranquila Marisa…déjame a mí…hasta ahora vamos bien, ¿no? – la susurré acariciando cariñosamente su espalda.

Mi madura amante no respondió, simplemente recuperó su posición inicial, confiada en mis palabras.

Eso era buena señal.

Mis manos recorrieron su cuerpo, mis dedos acariciaron los suaves pliegues de piel de su espalda, me paré a acariciar sus lunares, y cuando la noté más relajada, me moví en sus entrañas, provocando una ligera convulsión. Lo hice poco a poco, con movimientos cortos, mientras me deleitaba acariciando la sorprendentemente suave piel de sus piernas y sus pechos colgantes, haciendo que Marisa adquiriera confianza.

Mis movimientos de cadera se fueron haciendo progresivamente más amplios, y con el fin de hacer que el ritmo fuera aumentando, agarré sus caderas firmemente, masajeando su trasero con cada una de mis lentas pero profundas acometidas.

Miré hacia abajo. Su culo era redondo y suave, de buenas formas para su edad, y me dedicaba a separar sus nalgas con cada una de mis penetraciones, dejando a la vista su ano, un pequeño botón oscuro y arrugado, con más pelo del que debería de haber en dicho lugar, que se contraía visiblemente cada vez que entraba en sus entrañas, por debajo del cual, entre el abundante vello púbico de Marisa, asomaban sus labios vaginales, que como unos buenos anfitriones, acompañaban a mi pene a la salida de su vagina, unidos ambos órganos como si fuera uno solo.

Disfrutaba de las maravillosas vistas de la trasera de la madre de mi amiga, disfrutando de la forma en la que su vagina se tragaba casi por completo mi polla con su característico sonido acuoso, cuando me di cuenta de que Marisa, de forma casi imperceptible, estaba empujando sus caderas hacia mi pene, como tratando de ser ella quien llevara la iniciativa.

Supuse que mi madura amante había llegado a la conclusión de que, ya que habíamos llegado hasta aquí, al menos vamos a disfrutarlo, así que clavando mis dedos en la carne de su generosa cintura, me dispuse a acompañarla moviendo mis caderas con decisión, haciendo que mi polla discurriera a lo largo de todo su conducto vaginal a un ritmo creciente.

En un momento dado, Marisa trató de incorporarse, estirando sus brazos sobre la encimera como si tratara de realizar una flexión de gimnasio, y aprovechando que su pelo se encontraba a mi alcance, lo agarré suavemente, haciendo que Marisa soltara un pequeño gemido ahogado que intentó tragarse, mientras mis envestidas se volvían cada vez más largas y contundentes.

-        Jo…der…Marisa…qué coño más bueno tienes… - me vi obligado a exteriorizar.

Marisa, que desde antes de “meternos en faena” había estado protestando, no abrió la boca, simplemente volvió a agachar la cabeza, enterrándola entre la encimera y sus propios brazos, y y desde ese momento la empecé a follar con fuerza, con el dulce sonido líquido de mi polla horadando sus entrañas y el sonido rítmico de mi pelvis golpeando contra su culo, provocando que se sacudiera con cada embestida, mis movimientos de cadera eran rápidos y nerviosos, los pechos de Marisa colgaban al vacío y se agitaban como si tuvieran vida propia, y de pronto, volvieron los mismos síntomas en el cuerpo de la madre de mi amiga.

Marisa se mantenía callada, pero su cuerpo la delataba, empecé a sentir cómo su vagina se cerraba en torno a mi polla en cada una de mis perforaciones, su espalda se arqueó ligeramente y sus hombros empezaron a temblar visiblemente, y cuando pude ver sus puños cerrándose con fuerza y su boca mordiendo su propio antebrazo, tuve certeza de mi diagnóstico.

Marisa se estaba corriendo por segunda vez.

“Es increíble, está esforzándose al máximo por ocultarlo, pero su cuerpo está gritando por ella…” pensé “la está gustando tanto o más que a mí y sigue haciendo como que no la gusta”.

Me propuse hacer que perdiera los estribos, que me enseñara quién era la verdadera Marisa, así que redoblé mis esfuerzos, la follé con toda la rapidez y profundidad de la que era capaz, mis huevos chocaban una y otra vez contra sus húmedos labios vaginales, pero Marisa permaneció callada, mordiéndose el antebrazo como si se tratara de una improvisada mordaza, respirando entrecortadamente, hasta que finalmente su cuerpo se tensó, y posteriormente se “destensó”.

Sentí cómo a la madre de mi amiga parecían fallarle las piernas, pero yo ya estaba muy cachondo y ese no era un buen momento para tomarnos un descanso, así que la sujeté de las caderas, y de forma cuidadosa pero urgente, la ayudé a ponerse en pie, la giré y la tumbé sobre la mesa de la cocina.

Mi madurita compañera no dijo ni pío, simplemente me miraba con cara de estar buscando una explicación a lo que estaba haciendo, pero lo cierto era que no la había, simplemente se había rendido al placer y ahora se encontraba de espaldas sobre una mesa, con un hombre 25 años menor que ella introduciéndole la punta de su verga en la vagina.

Por mi parte, estaba desatado, y tras apoyar las piernas de Marisa en mi torso, haciendo que formara una L humana, volví a follarla, primero lentamente, deleitándome en este pequeño “impasse” con la visión de sus labios vaginales atrapando mi polla y el placer de sentir su vagina ajustándose a mi miembro, y una vez marcada la vía de acceso, acelerar bruscamente, provocando que Marisa necesitase extender los brazos para no perder ningún apoyo sobre la mesa.

Mis ansias me hacían prever que mi clímax no estaba lejos, así que me decidí a abrir las piernas de mi compañera, enlazarlas con mi cuerpo, y metérsela hasta el fondo.

El cuerpo de Marisa se tensó ante tamaña invasión de su vagina y el placer de sentirme tan dentro de ella me hizo gemir.

-        No… - intentó protestar la madre de mi amiga, pero mi lengua llenó su boca, impidiéndola terminar lo que fuera que quisiera decir.

A partir de ahí, todo se desbocó.

Mis manos recorrían el cuerpo de Marisa, acariciaban su pelo, sus piernas, su bonito trasero maduro, sus pechos, mi lengua tan pronto iban de su cuello a su oreja, como se encontraban con la suya, notaba su mano apretando mi trasero como si pretendiera comprobar su grado de madurez, y yo seguía penetrándola, sintiendo el calor que emanaba de su interior y sus líquidos vaginales, disfrutando de la forma en la que su vagina parecía estar dispuesta a tragarse mi verga por completo.

Recuperé la verticalidad y a medida que me acercaba a mi orgasmo, los golpes de la mesa contra la pared cada vez eran más rápidos y desacompasados, el sonido de mi cuerpo chocando contra el suyo era cada vez más persistente, la música líquida de nuestros órganos friccionando, cada vez más audible.

-        Joder, Marisa… - gruñí con voz entrecortada por el placer al oído de mi madura amante – me encanta tu coño…qué caliente y qué rico…cómo me pones…

¡Cloc! Sonó uno de los zapatos de Marisa al caer al suelo con un ruido seco, mientras mis manos no dejaban de explorar su cuerpo, aunque al sentir que la presión de sus piernas se hacía más débil, agarré con firmeza su suave y carnoso culo, agitándolo contra mí para dar un descanso a mi cintura y abdominales.

-        Joder Marísa…me encanta follarte así… - logré decir entre gemidos – me encanta tu culo… 

Marisa permanecía en silencio, con la cabeza ladeada, mordiéndose el labio inferior y los ojos cerrados, como si deseara con todas sus fuerzas no ver lo que estaba pasando para no sentirse culpable, sus manos abandonaron mi trasero para agarrarse a los bordes de la mesa con tal intensidad que sus nudillos se volvieron blancos, sus pechos se balanceaban sin un ritmo determinado con cada una de mis embestidas y sus piernas cada vez perdían más firmeza.

Nuestras respiraciones eran agitadas y entrecortadas, yo no podía evitar gemir de placer, y a pesar de tratar de evitarlo por todos medios, a la madre de mi amiga cada vez la resultaba más difícil no exteriorizar su gozo. Mis sensaciones eran complicadas de describir, notaba su coño caliente, resbaladizo, su vagina envolviendo mi pene como un suave guante, la humedad de su vello púbico y de sus labios vaginales chocando contra mi pelvis, y sin previo aviso, empecé a sentir pequeñas contracciones en su interior, como si las paredes entre las que se movía mi polla temblaran.

Estaba loco de placer y ansioso por correrme, así que me eché de nuevo sobre Marisa, abriendo sus piernas y empalándola por completo con mi polla, moviéndome dentro de sus entrañas, sintiendo cómo su piel ardía contra la mía y resbalando mi cuerpo sobre el de ella debido al abundante sudor que nos cubría, cercanos al éxtasis.

-        Aaaahhhh…¡Dios! – soltó de pronto Marisa con la voz rota de placer.

Y es que en esa posición la penetración era más intensa y, además, deseoso de correrme, me estaba moviendo vertiginosamente sobre ella en un ritmo constante y urgente.

-        Oh Dios, oh Dios…para, por favor, para…- pedía Marisa con la voz ahogada, fortaleciendo el nudo de sus piernas en mi cintura y clavándome los dedos en la espalda, contradiciendo así sus palabras.

Estaba cerca de correrme y gemía sin control, aquello era como intentar parar un tren de mercancías a 200 kilómetros por hora, era imposible.

-        Oh…Marisa…Oh…Marisa… - fue mi única respuesta.

Pasé mi lengua por su cuello, por su oreja, y cuando busqué su boca, no la encontré disponible, ya que mi madura acompañante tenía la boca, al igual que sus ojos, cerrada como si tratara de guardar el mayor de los tesoros.

-        Joder…cómo me gusta follarte Marisa, me encanta… - no paraba casi de gritar entre gemido y gemido, cercano a mi orgasmo.

Marisa empezó a girar su cabeza de lado a lado mordiéndose el labio inferior con tal fuerza que parecía a punto de sangrar, su respiración se volvió pesada y entrecortada, su abdomen se empezó a agitar y, de pronto, su cuerpo se puso en tensión.

-        Pa…ra…paaaa….ra…. – articuló ahogadamente, como si la faltara el aire en los pulmones.

Y no pudo más.

Marisa lanzó un “ay” espeluznante, corto, fugaz, tan impropio de su contención que casi me asustó, seguido de otro “ay” mucho más alargado.

-        ¡Joder! ¡Joder! ¡Qué bien follas! – casi la gritaba, aguantando desesperadamente mi orgasmo para que ella pudiera correrse.

El cuerpo de Marisa tembló, volví a sentir las contracciones de su vagina en mi polla, me pareció escuchar alguna palabra ininteligible, y a renglón seguido un largo y profundo gemido de placer realmente impropio de la mujer correcta y hasta ese momento, reprimida que venía siendo Marisa.

-        Joder qué rico, Marisa, me vas a hacer correr, así, así… – gritaba simultáneamente a su tercer y liberador orgasmo, escuchando de fondo el sonido provocado por el chocar de mi carne contra su carne, el golpeteo de la mesa contra la pared, el sonido líquido del frote de su coño con mi verga.

Gemía y gruñía sin control mientras sentía las últimas convulsiones de su cuerpo tras su tercer orgasmo, y justo cuando sus piernas quedaron muertas alrededor de mi cintura, exploté.

-        Joder, joder, me voy a correr…me voy a correr… - la anuncié sin dejar de moverme en sus entrañas.

Y entonces, en un susurro casi inaudible, como si la frase la entonara otra persona, escuché a Marisa:

-        Córrete dentro…lo quiero dentro…-

Y no pude más.

-        ¡Joder…! – gruñí al sentir cómo un primer chorro de semen era expulsado por mi polla dentro del ardiente coño de Marisa

Emití un rugido de placer y alivio al expulsar una oleada de semen tras otra dentro de su vagina, resultaba casi dolorosa la forma en la que me vaciaba en el interior de esa mujer que no mucho antes trataba de mantener la compostura hasta que finalmente había acabado perdiendo los papeles.

Una vez terminé de correrme por completo, me sentí desfallecer y me eché de nuevo sobre ella emitiendo un intenso gemido de placer en su oído, sintiendo cómo su vagina rebosaba de una mezcla de mi semen y sus propios fluidos, y apreciando unos postreros temblores en la vagina de Marisa.

Así me mantuve unos instantes sin poder moverme, mi orgasmo había sido tan intenso que me costaba volver en mí, las últimas gotas de mi semen ya estaban en el interior de mi compañera y el intenso calor emanado de su vagina me producía un placer residual que me recorría toda la columna, y tras unos largos segundo, después de saborear el momento, me sentí más recuperado.

Besé el cuello empapado en sudor de Marisa y disfruté de su sabor salado mezclado con su colonia, ella respiraba entrecortada y superficialmente, se mantenía con los ojos entrecerrados, la mirada perdida y la boca entreabierta, aún fuera de combate,  

-        ¿Te ha gustado? – la pregunté susurrándola suavemente al oído, mordisqueándola la oreja.

Marisa tragó saliva, aún respirando agitada.

-        Sí… - fue su respuesta, un susurro avergonzado pero sincero.

Con una punzada de satisfacción y una sonrisa en la boca, me incorporé lentamente y saqué mi polla de su vagina, lo que provocó que un grueso hilo de semen blanco y espeso brotara inmediatamente de su coño, resbalando lentamente entre sus grandes labios vaginales hasta caer en el suelo de la cocina.

Marisa se llevó la mano a su entrepierna con timidez, rozando su vagina con dedos temblorosos, y posteriormente se quedó mirando el resto de semen que había arrastrado junto a sus dedos, como si quisiera comprobar su calidad, con expresión de vergüenza y de sorpresa.

La madre de mi amiga parecía estar “autohipnotizándose” girando sin parar sus dedos embadurnados con mi semen, hasta que por fin trató de incorporarse, sentándose en primer lugar al borde de la mesa, lo cual consiguió con mi ayuda, y posteriormente, tomando como apoyo mis poderosos brazos, consiguió ponerse en pie no sin dificultades, ya que al tocar el suelo, se tambaleó ligeramente desorientada.

Una vez que Marisa logró ponerse en pie, la observé con cara de satisfacción, su vestido blanco se mantenía enroscado en su cintura, haciendo que sus pechos colgaran al descubierto y que siguiera exhibiendo el matojo negro de su entrepierna, su pintura de labios había desaparecido por completo, el ligero toque de rimmel que hacía media hora realzaba sus ojos, ahora estaba totalmente desdibujado en unos borrones negros, y su pelo, antes perfectamente peinado y fijado con kilos de laca, estaba totalmente estropeado.

Marisa buscaba con la mirada el zapato que faltaba en su pie, acercándose con pasos inseguros al lugar en el que se encontraba con un rastro brillante de semen y fluidos vaginales resbalando en la cara interior de sus muslos, hasta que al fin lo recogió y se lo colocó, tras lo cual la acompañé hasta el baño.

Marisa caminaba en silencio, con la cabeza baja, evitando mirarme, y una vez dentro, se apoyó en el lavabo y, sin abrir la boca, cogió una generosa porción de papel higiénico, separó sus piernas, y con movimientos lentos y meticulosos, se aplicó en una minuciosa limpieza de los restos de la pasión desenfrenada que acabábamos de experimentar, recogiendo los fluidos que eran expulsados del interior de su vagina, como si pretendiera borrar las pruebas de lo que acababa de pasar, tragando saliva atropelladamente con cada porción de papel manchada que retiraba.

La mujer madura de la que acababa de disfrutar, mantenía la mirada fija en el suelo y en su rostro iba creciendo de nuevo un color rojizo a medida que iba adquiriendo consciencia de lo que había hecho, y fue cuando terminó su limpieza y se miró en el espejo, cuando sus ojos se humedecieron al sentir como la realidad la golpeaba con toda su fuerza.

Acababa de follar salvajemente con un hombre mucho más joven que ella. Y ese hombre no era su marido, era un amigo de su hija.

-        Dios mío qué he hecho…qué he hecho… - susurró Marisa mirándose al espejo.

Tras haberme limpiado yo mismo, observaba este proceso apoyado en el marco de la puerta como un testigo mudo de su descenso a los infiernos de su conciencia, aunque lo cierto era que estaba preciosa, tan real, tan deshecha, con el vestido aun recogido en la cintura, el peinado totalmente destrozado, el rímel corrido, la pintura de labios ausente, y luciendo sus preciosos pechos y la gran extensión peluda de su entrepierna.

-        Estás guapísima Marisa – afirmé, como pensando en voz alta.

Marisa levantó la mirada y me miró de arriba abajo con los ojos llenos de culpa, se mordió el labio inferior, volvió a bajar la vista, y visiblemente abrumada, volvió a susurrar.

-        Dios mío…qué he hecho, Dios mío…

La madre de mi amiga parecía estar en una especie de shock, y tras unos segundos más frente al espejo respirando profundamente, con manos temblorosas y torpes se bajó el vestido hasta cubrirse, intentando después colocarse los tirantes de vestido, una tarea complicada por la deficiente coordinación de sus dedos.

Estaba nerviosa, frenética, salió del baño sin mirarme, directa a la cocina, y una vez allí, empezó a moverse desesperadamente de un lado a otro buscando su ropa interior hasta que por fin encontró su sujetador, abandonado debajo de la mesa, el cual recogió con rapidez, como si la diera vergüenza que estuviera a la vista, y después localizó sus bragas en el suelo, bajo una silla, apretándolas en su mano temblorosa.

Con la ropa interior en su poder, intentó colocarse el sujetador dándome la espalda, una tarea imposible en su estado de nervios, así que me acerqué a ella para ayudarla.

-        Marisa…tranquila… - la susurré dulcemente mientras subía la cremallera de su vestido tras abrocharla el sujetador.

-        ¿Tranquila? ¿Quieres que esté tranquila? Acabo de….contigo – casi me escupió entrecortadamente por los nervios – Llevo 35 años casada… ¿Sabes lo que significa eso? ¡¡¡35 años!!!

-        Marisa…mírame… - la dije sujetando su barbilla y dirigiendo su rostro hacia mí.

-        ¡No puedo mirarte! ¡No puedo mirarme a mí misma! ¡Ni siquiera sé si voy a poder mirar a la cara a mi marido y a mi hija después de….esto! Soy una…he traicionado a mi marido, he traicionado a mi hija… ¿Qué tipo de mujer soy?

-        Eres la misma mujer de siempre…has hecho lo que tu cuerpo deseaba, no has hecho nada malo – intenté darla la explicación a lo que acababa de pasar en mi cocina.

-        ¡Claro que lo he hecho! – gritó con la voz quebrada – he dejado que un amigo de mi hija me… - era incapaz de decir la palabra “follar” – y me lo has dejado dentro… - añadió casi en un susurro – Dios mío, he perdido la cabeza…

Terminó el intercambio con los ojos llorosos y huyendo hacia el baño.

-        Marisa, escúchame por favor – intentaba llamar su atención yendo tras ella – lo que ha pasado aquí es entre tú y yo, nadie tiene por qué saberlo, es nuestro secreto.

Marisa interrumpió su intento de arreglar su peinado, girándose hacia mí

-        ¿Nuestro secreto? ¿Eso es lo que soy ahora? ¿La mujer que tiene un secreto con el amigo de su hija?

-        Marisa, no lo lleves por ahí…te he deseado desde que te besé…y tú también me deseabas, aunque intentaras negártelo… al final hemos hecho lo que los dos deseábamos, y ha sido algo bueno…muy bueno.

-        Esto no ha sido bueno, Dios mío, ¿Es que no lo entiendes? – siguió contestando mientras se ponía las bragas – he traicionado a mi marido, a mi hija…yo no soy así, no hago estas cosas, tengo una familia y un marido que confía en mí, y ahora…

Marisa volvió a girarse con los ojos vidriosos, mirándose en el espejo y continuando con el duro trabajo de arreglar su pelo

-        Marisa…esto va a quedar entre nosotros, nadie lo sabrá nunca, y si algún día quieres que vuelva a pasar…siempre estaré dispuesto…respira, relájate, no has hecho nada malo…

La madre de mi amiga guardó silencio y continuó retocando su pelo, limpiando el rímel corrido y los pequeños restos de pintura de labios.

-        Marisa…mírame… - intenté llamar su atención.

-        ¡¡¡Noooooo!!! – gritó hecha una furia – No te voy a mirar, no quiero escucharte, no quiero saber nada de ti, no sé qué me has hecho para que hayamos terminado así…

Fue una reacción brusca, su voz temblaba de rabia, y lo único que podía hacer era tratar de tranquilizarla.

Pero fue imposible.

-        Tengo que irme – dijo con voz neutra.

Marisa salió del baño esquivándome, y ya en el pasillo, cuando pronuncié su nombre a su espalda, correteó hasta la puerta, huyendo de mí como si lo hiciera de una peligrosa bestia.