Me desperté temprano.
Me había costado terriblemente quedarme dormido.
Me sentía totalmente desconcertado, no sabía si sentirme orgulloso o culpable por todo lo que estaba pasando. Nada era normal.
El día antes había perdido mi virginidad con mi tía. Para mí fue como vivir una realidad paralela, como si aquello hubiera sido tan solo una más de las fantasías sexuales que tenía con ella, pero no era así, aquello había pasado, y no solo eso, sino que esa misma noche, Merche se había colado en mi habitación, y mientras mi tío dormía plácidamente en el dormitorio de al lado, me había hecho una increíble felación.
Había pasado casi toda la noche en vela, me resultaba imposible conciliar el sueño dándole vueltas a lo que me estaba pasando. No podía decir que esas dos experiencias sexuales con mi tía hubieran sido desagradables, todo lo contrario, las disfruté al máximo, pero mi moral me hacía sentir culpable, me sentía avergonzado de aquello, en el fondo sabía que aquello estaba mal, que follarme a mi tía era algo que iba en contra de las reglas de la naturaleza.
Y tener la sensación de que para Merche follar conmigo era un simple juego, no ayudaba a mi estado de ánimo…
No sé a qué hora me dormí, pero sí sé que me desperté a las nueve en punto, y lo primero que me vino a la cabeza fueron los remordimientos por la extraña relación sexual que se había iniciado entre mi tía y yo, aunque a pesar de esos negros pensamientos que me embargaban, mi calenturienta mente preadolescente, de forma inconsciente, había traído a mi cabeza escenas de lo que había vivido el día anterior, haciendo endurecer mi pene.
Esa era mi situación anímica y mental cuando escuché abrirse la puerta de la casa de mis tíos.
Era mi tía Merche.
No sabía qué hacer, no sabía cómo actuar, era incapaz de levantarme de la cama y enfrentarme a estar a solas con mi tía, mi lado racional me decía que no saliera de la habitación, o que, si salía, no la hiciera caso, pero mi lado más salvaje me decía que no fuera tan panoli y me la volviera a follar.
Evidentemente, la opción de pasar toda la mañana en la cama era inviable, así que cuando escuché el sonido del agua de la ducha, me decidí a salir de la habitación, me dirigí a la cocina, y con un arranque de iniciativa, me preparé yo mismo el desayuno y me senté a la mesa para tomármelo.
Me encontraba tremendamente nervioso, me temblaban las manos, sentía que me faltaba la respiración, y notaba una bola en el estómago que me impedía tomar nada de lo que me había preparado, pero el sonido del agua de la ducha corriendo, e imaginar a mi tía desnuda, frotándose, con el agua resbalando por ese cuerpo que tan marcado en mi mente había quedado, hizo surgir otra sensación, ésta más agradable, que era la de la excitación sexual, exteriorizada por una terrible erección en mi preadolescente pene.
En esa dicotomía me encontraba cuando por fin dejó de funcionar el agua, se abrió la puerta del cuarto de baño, y apareció Merche en la cocina.
- ¡Cariño! No pensaba que te fueras a levantar tan pronto… ¡Si ya te has preparado el desayuno! ¿Has dormido bien?
Mientras me hablaba, me quedé embobado observando a mi tía, con su cuerpo oculto a duras penas por una escueta toalla de baño que únicamente la cubría desde la cintura hasta el pecho, moviéndose con total naturalidad por la cocina. Estaba tan absorto en su cuerpo, que se me olvidó contestarla.
- ¡¡¡Cariño!!! – alzó la voz Merche chascando los dedos.
Como si estuviera hipnotizado, ese gesto me hizo volver a la realidad.
- Sí, sí – respondí nervioso, bajando la vista.
Mi tía empezó a reírse cruelmente, y terminó tomando asiento en una silla junto a mí.
- Mi niño, cualquiera diría que te doy miedo…- me dijo tiernamente, acariciando dulcemente mi coronilla.
- No…no me das miedo…- respondí mirando al suelo en voz baja.
- ¿Entonces? ¿Qué te pasa? – continuó preguntando, colocando ahora su mano en mi pierna.
- Nada…no sé…- traté de atajarla para no tener que explicarla mis dudas éticas y morales.
Levanté levemente la vista al escuchar a Merche romper a reír, ajena a los remordimientos que me devoraban por dentro. Ese gesto me hizo sentir estúpido, pero la visión de gran parte de los pechos de mi tía agitándose arriba y abajo por debajo de la toalla que llevaba puesta, consiguió que mi prepúber pene se endureciera aún más de lo que ya lo estaba.
Una vez que su risa fue amainando, su mano se acercó a mi entrepierna, y al sentir mi erección, empezó a acariciarme el pito por encima del pijama.
- ¡Qué tímido eres, cariño! - comentó divertida mi tía.
Yo me mantenía en silencio, con la cabeza gacha, aguantando el sobeteo de Merche, quien no contenta con eso, metió su mano por debajo de mi pijama, y se puso a acariciármela.
- ¿No te gustó el regalo de buenas noches de tu tiíta, mi rey? – quiso saber.
- Sí…sí me gustó…- tuve que admitir.
Al escuchar mi respuesta, mi tía sonrió, se mordió el labio, y con una facilidad realmente sorprendente, agarró el pantalón del pijama y mis calzoncillos, y me los bajó hasta las rodillas.
No sabía qué hacer, por un lado, deseaba terminar con eso, pero por otro, quería estar ahí, quería que mi tía hiciera conmigo lo que quisiera, pero mi indecisión, mis nervios y mi inexperiencia me habían dejado paralizado. Una vez más.
- Tranquilo cariño…deja a tu tíita –
Con esa frase casi susurrada, Merche interrumpió mis tribulaciones, acariciándome con una mano dulcemente la cara, haciendo que la mirara a los ojos, y con su otra mano reptó por mi pierna hasta llegar a mi jovencísimo pene, donde se detuvo para empezar a cascármela suavemente, arriba y abajo, deslizando hacia atrás la pielecilla de mi miembro, haciendo aparecer el capullo una y otra vez.
- ¿Así voy bien, mi amor? – quiso saber, refiriéndose a la paja que me estaba haciendo.
No pude ni siquiera responder, simplemente agité la cabeza arriba y abajo decididamente, en un claro signo afirmativo.
- ¿Ves? No tiene nada malo que tu tía te haga una pajita… Te la ibas a hacer igual, ¿A que sí? – continuó diciéndome dulcemente mientras me seguía masturbando.
- Sí… - conseguí articular.
Las tranquilizadoras palabras de mi tía y sus tiernas caricias en mi cabeza, empezaron a convencerme de que aquello no era algo tan abominable, que simplemente mi tía estaba haciéndome algo que yo iba a hacer igualmente, aunque en la soledad del baño y de una forma mucho más rutinaria.
Y además, me la haría pensando justamente en lo que ella me estaba haciendo en ese momento…
Creo que ella misma se dio cuenta de que mi actitud había cambiado, que un chaval de casi catorce años era muy fácil de convencer sexualmente, y ella, hábilmente, había pulsado las teclas adecuadas, porque tras responderla, sonrió, se puso en pie, y se desató ante mí la escuetísima toalla con la que a duras penas tapaba sus vergüenzas.
De nuevo el esplendoroso cuerpo desnudo de mi tía se descubría ante mí.
Me quedé anonadado con la visión de su peluda entrepierna, deslumbrado por las curvas de su cuerpo, e hipnotizado por el bamboleo de sus extraordinarias tetas, y una vez más, me quedé sin palabras, fuera de mí, hasta que la risa sincera de mi tía me hizo volver a la realidad.
- ¡Cariño! ¡Que te has quedado con la boca abierta! – consiguió decir Merche riéndose a más no poder.
- Perdón, perdón…- traté de excusarme infantilmente, maldiciéndome por dentro…otra vez había quedado como un imbécil delante de mi tía.
- Me encantas, mi niño…- zanjó el tema mi tía, metiendo su lengua en mi boca y agitándola dentro, explorando libremente su interior, hasta que reaccioné y, torpemente, traté de atrapar su lengua con la mía.
Su mano nuevamente se deslizó a mi entrepierna, acariciando mi sexo y mis genitales, volviéndomela a menear suavemente, hasta que decidió que era suficiente.
Mi tía sabía que tenía la sartén por el mango y que podía hacer lo que quisiera conmigo.
Se apartó, y apoyándose en la mesa que estaba ante mí, hundió su mano en el matojo de pelo de su entrepierna y empezó a moverla en esa zona, utilizando su otra mano para acariciarse sus exuberantes pechos.
Con un interés que podría decirse que rozaba lo científico, permanecí sentado con los pantalones por la rodilla observando a mi propia tía masturbándose ante mí. Nunca había visto a una mujer dándose placer a sí misma. A su manera, era bello ver cómo se acariciaba suavemente los pechos, notar como repentinamente su blanca piel se erizaba, y sobre todo, ver cómo se agitaban sus dedos entre su abundante vello púbico.
- ¿Te gusta lo que hace tu tiíta? – susurró Merche mirándome con los ojos entrecerrados.
- Sí...- dije, aunque en ese momento me empezó a parecer que era otra persona la que hablaba por mí.
- ¿Te gustó que te la chupara anoche? – volvió a preguntar, haciéndose sensiblemente más rápido el movimiento de su mano entre su pelambrera.
- Sí…la chupas muy bien… - contesté inocentemente - ¿Me la chupas ahora?
¿Cómo? ¿Quién había dicho eso? Debía de haber sido yo…
- Sí cariño…tu tía te va a hacer lo que quieras… - empezó a decir Merche entre dientes, frotándose su entrepierna a gran velocidad.
Y sin terminar su frase, cogió mi mano y se la llevó a través de la selva formada por su vello púbico, hasta la zona húmeda y extremadamente caliente que había visitado el día antes, su coño, para una vez ahí, pasársela por toda la extensión de su raja, y después, haciendo que dos de mis jóvenes dedos penetraran en su vagina, los utilizó como instrumento de masturbación, guiándome con su sabia mano en el interior de su agujero, el cual ya estaba recubierto de un abundante líquido viscoso que se me quedaba pegoteado entre los dedos.
Como un buen alumno que aprende rápido la lección, mi tía no tardó en dejarme sólo con mi labor, la cual desempeñaba con minuciosidad, y ella se centró en frotarse el clítoris a una velocidad endiablada, lo que me hizo entender que quizás yo también debía de meterla y sacarla los dedos de la vagina más rápido.
- Así cariño, así… - empezó a decir mi tía ahogadamente, como si la faltara el aire – así cariño, sigue, sigue, sigue así…que tu tiíta se va a correr, sí, mira como se corre tu tía, mira….-
Y de pronto, su mano agarró con fuera la mía, evitando que dejara de mover mis dedos dentro de ella, su otra mano me agarró del pelo con firmeza, obligándome a ver su rostro contraído, y tras un par de convulsiones de su cuerpo, que llegué a sentir en los dedos que tenía introducidos en su vagina, Merche empezó a resoplar como si acabara de hacer un esfuerzo sobrehumano, mirándome, una vez se terminó de correr, con cara de sorprendida.
- Ay mi niño…que bueno…- comentó soltándome la mano y tratando de recuperar la respiración – que bueno… - continuó recuperando la compostura.
- Espérame aquí, mi amor… - dijo mi tía, mientras con paso lento salía de la cocina.
Obedientemente, me quedé sentado en la silla de la cocina esperándola, con los dedos goteando debido al abundante y espeso líquido generado por la vagina de Merche, y escuchando sus pasos desnudos sobre la tarima alejarse hacia su dormitorio, el sonido de un cajón abriéndose y cerrándose, y de nuevo sus pasos acercándose al lugar en el que me encontraba, preguntándome qué iba a pasar ahora, sin rastro del sentimiento de remordimiento que me venía devorando por dentro desde el día anterior.
Por fin mi tía volvió a entrar en la cocina y mis ojos se fueron inmediatamente a sus grandes pechos bamboleantes y a la zona oscura de su entrepierna, pero no tardé en fijarme en que Merche traía entre sus manos un sobrecito igual que el del día anterior del que extrajo un preservativo, y sin decir ni una sola palabra, me lo colocó en mi casi infantil pene.
- Ahora déjame a mí, cariño… - me susurró dulcemente mi tía, mientras pasaba una pierna por encima de mí, y me agarraba la polla firmemente.
Mirando al vacío, como buscando concentrarse, se la dirigió a su agujero, y una vez ahí, echó la cabeza hacia atrás, abriendo la boca a medida que mi preadolescente pene se colaba en su interior.
Dada mi inocencia y falta de práctica, no sabía qué hacer con mi tía, quien, a horcajadas, movía lentamente su cintura sin prestarme atención, como si simplemente fuera un instrumento para su placer, así que me dediqué simplemente a acariciar sus blancos y suaves muslos.
De repente, Merche agachó su cabeza e hizo un pequeño gesto de sorpresa, como si acabara de darse cuenta de que se estaba follando a su sobrino, para después hacer una mueca con sus labios como si pretendiera lanzar un beso, y sin dejar de mirarme fijamente, ni dejar de moverse sobre mí, se agarró ambas tetas y me las puso en la cara.
- Cómele las tetas a tu tiíta, cariño, eso me gusta mucho…- me ordenó.
Con sus grandes pechos casi asfixiándome, no tenía mucha capacidad de elección, así que tal y como me enseñó Merche el día anterior, tomé uno y me dediqué a chupar el pezón, pasando la lengua y absorbiéndolo como si me estuviera amamantando, y una vez que me pareció que ya había sido suficiente, repetí la operación con su otro pecho.
- Así tesoro, así le gusta a tu tiíta…-
Esa frase me animó a seguir con la tarea que me había sido encomendada, ansioso por hacer que Merche disfrutara, pero la realidad era que ella sabía muy bien lo que necesitaba para procurarse su propio placer, ya que tomando como apoyo el respaldo de la silla en la que estaba sentado, empezó a saltar sobre mí.
En esos momentos sentía el calor de su vagina transmitiéndose a mi prepúber pene, sentía el roce de sus entrañas en cada uno de sus movimientos, aunque la obsesión por agradarla era tan fuerte, que me resultaba imposible atender a mi propio placer, muy al contrario que mi tía, que no tardó en respirar de forma agitada, mitad por cansancio y mitad por gusto.
- Qué polla tienes, mi niño…-
Comentó ahogadamente mi tía antes de darme un profundo y largo beso, invadiendo mi boca con su lengua, y agitando con mayor brío su cuerpo sobre mí, moviendo sus caderas adelante y detrás sin que la conexión existente entre mi pito y su vagina se rompiera ni un solo momento, salvo cuando tras un interminable beso, Merche necesitó tomar aire, momento que aprovechó para coger mis manos y llevárselas a su cintura.
Ahora mi tía volvía a cabalgar sobre mí, sus pechos se movían arriba y abajo desordenadamente, sus ojos miraban al vacío con aire distraído, como si aquel incesto no fuera cosa suya, pero sus jadeos indicaban lo contrario, eran una confesión de que estaba disfrutando con aquello, al igual que yo mismo, que una vez olvidado el sentimiento de culpabilidad, grababa en mi memoria la visión de los grandes y pálidos melones de Merche botando ante mis ojos, y el sonido provocado por mi enfundado pene moviéndose en el interior de su vagina, un sueño al que me agarraba acariciando el culo y sus tetas, ahora ya totalmente rendido al placer.
Así estuvimos hasta que mi tía, con un soberbio movimiento de cintura, hizo que sintiera que la totalidad de mi pito había sido absorbido por su vagina, lanzando a continuación un largo y sonoro gemido al vacío que pareció devolverla a la realidad, ya que, tras empalarse de esa manera, me miró fijamente, y de nuevo violó mi boca rudamente con su lengua, acariciando mi nuca con una mano, y con la otra, acariciándose uno de sus grandes pechos.
Una vez saciada de esta forma, Merche se puso en pie lentamente, separándose de mí, y mirándome con los ojos entrecerrados, solventó mis iniciales dudas.
- Levanta mi niño, que tu tía quiere que ahora la folles tú… - me dijo dulcemente, pasándose la mano por su entrepierna.
Deseoso por agradarla, me puse inmediatamente en pie, totalmente desorientado y sin saber qué debía de hacer dada mi absoluta inexperiencia sexual, pero, por suerte, mi tía era una extraordinaria maestra en el campo, y apoyando sus codos en la mesa de la cocina, colocó su extraordinario culo en pompa.
- Acércate cariño…ponte detrás de mí – me indicó Merche.
Verla en esa postura tan poco decorosa, me puso a mil, y sin dudarlo, hice lo que me pedía, deseoso de hacer lo que fuera que me quisiera proponer.
- Un poco más mi amor… - siguió indicándome, hasta que consiguió agarrar mi pene de casi catorce años entre sus piernas.
Obedecí ciegamente, y una vez colocado en la posición adecuada, Merche colocó mi cosita en la entrada de su vagina, entrelazó sus piernas con las mías, y ahora sí, echando sus caderas hacia atrás, se penetró lentamente.
Con cada parte del lento movimiento penetrante, mi tía lanzaba una pesaba bocanada de aire de sus pulmones, el único sonido que se escuchaba en esa cocina, además del líquido sonido del roce de nuestros cuerpos, uno de aún trece años, otro de 40, y en mi inocencia, pensando que si aquello la gustaba a mi tía, más la gustaría que lo hiciera yo mismo, por eso me atreví a ser yo quien moviera mis caderas, y como un buen aprendiz, busqué que mi pito estuviera tan dentro de ella como fuera posible para que sintiera un mayor placer.
Y lo conseguí rápidamente.
- Aaaaaaaahhhh…cariño… - salió de la boca de mi tía tras la primera acometida, colocando su mano en mi trasero de una forma forzada.
Visto el resultado, seguí moviendo libremente mis caderas, adelante y atrás, escuchando los inicialmente esporádicos gemidos de mi tía, sintiendo el calor de sus entrañas y la humedad que estaba empezando a mojar mi entrepierna dada la proximidad con su vagina, la fuente de todo el líquido, sin embargo, pronto la mano de mi tía en mi culo empezó a ser el indicador de las revoluciones de mis acometidas, obligándome Merche de esta forma a penetrarla cada vez más rápido.
- Así mi niño, así le gusta a tu tía…me pones a mil…así, cariño… decía mi tía entre gemido y gemido.
El ritmo que me estaba obligando a seguir Merche estaba empezando a ser casi vertiginoso. A sus gemidos y al sonido líquido procedente de su vagina, se le unió el chirrido de la mesa y el golpeteo de mi vientre chocando con su culo, pero pronto, al parecer convencida de que el ritmo fijado era el adecuado para su disfrute, y de que iba a ser capaz de mantenerlo por mí mismo, mi tía agarró con fuerza el borde más alejado de la mesa y se estiró igual que un gato después de una siesta, ofreciéndome un acceso a su interior aún más sencillo, y a partir de ahí, se dejó llevar por completo rumbo a su orgasmo.
- Tesoro, no pares ahora, ¿Eh?... – comenzó a advertirme con la voz rendida – no te corras todavía… - siguió diciendo como si estuviera a punto de asfixiarse – deja a tu tía que se corra, mi amor…deja que me corra… - continuaba diciendo a duras penas – mira cómo me corro… mírame… mira…
Mi tía escondió la cabeza entre sus brazos, apoyándola contra la mesa, e interrumpió sus palabras, y tras unos segundos de silencio en los que solo se escuchó el continuo golpeteo de nuestras carnes, su cuerpo se puso en tensión, alzó su cabeza, y de su boca empezaron a salir una serie de gemidos de placer que parecían proceder de lo más profundo de su ser, a los que siguieron una serie de sacudidas espasmódicas de su cuerpo, y un largo gemido, entrecortado por mis penetraciones, que una vez hubo finalizado, provocaron en ella un estado de especial relajación, volviendo a apoyarse sobre la mesa, tratando de recuperar de alguna forma el aliento.
Tal y como me venía anunciando, Merche se acababa de correr.
Inexperto e ignorante de los ritmos sexuales de las mujeres, no tenía ni idea de cómo continuar, así que con mi tía ausente tras su orgasmo y carente de guía, seguí penetrando sus entrañas, aunque ahora con menos convencimiento, hasta que por fin reaccionó.
Se puso en pie lentamente, y tras girarse como si se tratara de una película a cámara lenta, mostrándome un rostro somnoliento, como si acabara de despertarse de un largo y reparador sueño, suavemente me dirigió hacia la silla en la que habíamos estado follando unos minutos antes.
- Siéntate mi amor, te has ganado que te la chupe… -me susurró haciéndome tomar asiento.
Una vez acomodado, introdujo una vez más su lengua en mi boca, ofreciéndome un apasionado y sensual beso mientras que con su hábil mano retiraba el condón de mi polla y me empezaba a masturbar suavemente, hasta que una vez satisfecha, sacó su lengua, pasándosela por los labios.
- Te voy a hacer una mamada como no te la van a hacer nunca, tesoro… - susurró sonriente y con actitud pícara, como si chupársela a su propio sobrino de 13 años fuera una pequeña travesura.
A continuación, Merche separó mis piernas, colocándose de rodillas ante mí, y empezó por besar cariñosamente mis genitales, absorbiéndolos y manteniéndolos en su boca, alternando sus mimos entre los dos y jugando con ellos mientras suavemente masturbaba suavemente, hasta que cambió de táctica, y tras estirar más allá de los límites de lo razonable la pielecilla de mi polla, su lengua empezó a recorrer juguetonamente los bordes de mi glande sin dejar ni un solo recoveco sin explorar, agitando su lengua cada vez con más rapidez, para acabar su viaje lamiendo justo la punta de mi glande.
- Cariño, avisa a tu tiíta cuando te vayas a correr, ¿vale?
Dijo mi tía pajeándome sonriente, supongo que satisfecha tras observar mi gesto de placer, y a continuación se introdujo mi pene en la boca por completo, volviendo a juguetear con su lengua en mi glande, aunque no tardó en pasar a una nueva fase, esta vez sus labios se aferraron al tronco de mi polla, y ayudándose de su mano, empezó a mamármela.
Una vez más no sabía qué hacer, en mi cabeza no cabía la posibilidad de que solamente yo disfrutara, pero no tardé en llegar a la conclusión de que podía ser así, es más, pensé, ¿no me había dicho Merche que me iba a hacer una mamada que no olvidaría?, así que me relajé y me dediqué a disfrutar de lo que me estaba haciendo mi tía, grabando en mi memoria el movimiento de su cabeza arriba y abajo, su pelo moreno bailando sin ningún concierto, sus tetas bamboleándose, y me sumergí en el placer que me estaba regalando mi tía, con cada apretón y posterior masaje a mis huevos me hacía ver las estrellas, cada vez que su lengua jugaba con mi glande era un paso más hacia mi éxtasis…
- Me voy a correr, tía… - anuncié casi alarmado al darme cuenta de que debería de haberla avisado antes.
Sin embargo, mi tía tenía una nueva sorpresa para mí, ya que, a una velocidad vertiginosa, se sacó la polla de la boca, abandonó mis genitales, y colocó sus grandes tetas alrededor de mi casi infantil pito, casi haciéndolo desaparecer, y agarrándolas con firmeza, empezó a cascármela con ellas.
- Vamos amor, dale tu lechita a tu tiíta… - me animó Merche con los cinco sentidos puestos en lo que hacía.
No solo nunca me habían pajeado con unas tetas, es que ni siquiera sabía que eso se podía hacer, y aunque en un principio me descentró, no tardé en disfrutar de lo que más tarde descubrí que era una “cubana”.
- Vamos cariño, córrete en mis tetas, dame tu lechita calentita… - siguió diciendo mi tía, agitando sus generosas tetas a una velocidad endiablada en torno a mi pilila.
No sabía qué contestar, el hecho era que estaba a punto, sentía el semen como atascado en la punta de la polla, pero me bastó con echar la vista hacia abajo y ver a mi tía mirándome fijamente con sus grandes pechos bailando, para por fin lograr mi orgasmo.
No recuerdo cómo lo hice, creo que el placer me obligó a cerrar los ojos, no sé si dije algo o hice algún sonido, solo recuerdo que sentí una casi dolorosa riada de semen saliendo de mi joven pito sin que mi tía dejara de masturbarme con sus pechos, y solo volví en mí cuando escuché de nuevo la voz de Merche.
- Tesoro, sí que tenías un buen cargamento dentro… -
Esa frase, y la posterior risa de mi tía, sonaron como un despertador que me hiciera abrir los ojos, descubriendo a Merche poniéndose en pie con rostro de satisfacción, y una gran cantidad de mi propio semen resbalando de su escote a través de sus tetas.
- Perdona… - dije en un tono realmente compungido. Desde luego, no esperaba que pudiera expulsar esa cantidad de semen
- No lo sientas cariño…tu tía quería toda tu lechita… - me contestó tranquilizadoramente, tras lo cual me volvió a dar un corto y apasionado beso, violando mi boca con su lengua.
Cuando terminó este último beso, me quedé inmóvil en la silla observando como trataba de apartar mi lefa de su escote, una vez más sin saber cómo actuar, hasta que Merche de nuevo reparó en mi presencia, y sonriente me dijo:
- Voy a darme otra ducha, mi amor… ¿Vienes? – me propuso, tendiéndome la mano.
Me pareció una buena idea, así que me puse en pie, cogí la mano que me ofrecía, y me dejé llevar por ella al cuarto de baño para darnos la prometida ducha…





















